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EL CONFESOR

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Amor Imposible

Nunca se había imaginado sentir tanto placer al ser tocado por una mujer. Rechazaba aunque aceptaba dócilmente el toque de otras manos, acaso más burdas o más inexpertas, algunas otras le tocaban con delicia y había hasta las que jugueteaban con él.

Conocía caricias imprudentes y algunas peligrosas pero era natural recibirlas, solo a unos se les tenía prohibido: a los niños de la casa. En más de una ocasión ella les había dicho que no lo tocaran, que era peligroso y se podían cortar tal como a ella le sucedió hacía algún tiempo cuando enojada rebanaba un tomate y un descuido enfiló la hoja hacía la yema de su dedo, él hubiera querido evitarlo pero no es dueño de sí mismo ni de sus movimientos, sufrió al saberse el causante de aquel chorro de sangre y de aquellas lágrimas, no tanto como “él”, que esa como tantas otras veces la había hecho enfurecer.

Sin embargo y a pesar de todas las improbabilidades, la amaba. Se había enamorado de ella a fuerza de sus sonrisas y sus angustias, de sus cuidados y sus arrebatos, al grado que le permitía maltratar su brillante hoja cada nueva infidelidad, cada abuso de  “él”, entonces ahogaba su dolor sujetándole fuerte por el mango y clavándolo en lo primero que se encontrara, a fuerza de no hacerlo contra quien hubiera querido.

Pasaba las noches inquieto, esperando el alba para verla entrar corriendo a toda prisa en la cocina y despedir a los niños o para observarla mientras sus lágrimas endulzaban el café, si, la amaba y ella también a él, así unieron sus vidas, esa noche, cuerpo a cuerpo, con la brillante hoja salpicada de rojo y las manos abrazándolo a su vientre.evidencia_2642160