En la tormenta

La lluvia pertinaz ensordecía el interior del automóvil varado en medio de la nada a causa de aquella repentina falla mecánica.  Quiso llamar por auxilio pero su celular no daba señal.

Los camiones pasaban muy cerca de él, al grado que hacían temblar el auto. Temió por su vida, pero salir representaba exponerse al torrencial. De pronto unos faros iluminaron el interior del auto, se giró para observar y vio otro auto que se detenía detrás de él y a una persona descender, no era policía pero al menos traía un paraguas.

 

–     ¿Sucede algo muchacho?

–     Se apagó de pronto y ya no arrancó…

–     Vivimos cerca, es mejor que vengas, aquí puede sucederte algo, tenemos teléfono en casa.

–     ¿Pero, y el auto?

–     ¿Pero, y tu vida?

 

Aceptó. Subió al auto y se sintió rápidamente arropado por el cálido interior y la música sacada de algún departamento de salchichoneria, una mujer mayor tal vez de la misma edad que el samaritano, sonreía desde el asiento del copiloto.

Llegaron a casa, el teléfono no funcionaba así que no tuvo más remedio que aceptar pasar la noche ahí. La  casa era vieja y tenía ese inconfundible olor a humedad. No pudo dormir. Agradeció la suerte que tuvo que lo encontraran antes de que un tráiler lo embistiera en la oscuridad. Llegó la mañana, se vistió y se dispuso a salir en busca de sus anfitriones.

A punto estaba de abrir la puerta cuando escucho un sonido lento y pesado que provenía del pasillo y parecía acercarse cada vez más acompañado de una tortuosa respiración y quejidos constantes. Dudó en abrir.  A punto de decidir, se escuchó un fuerte golpe, temiendo por la salud de sus ancianos bienhechores abrió y lo que encontró fue un hombre joven, tal vez de su edad, con unas ojeras pronunciadas, empapado en sudor y jadeante que le apuntaba con un bastón.

 

–     ¿Quién eres? dijo al fin entre quejidos ¿Cómo entraste?

–     Yo, este… ayer ¿Necesitas ayuda?

–     ¿Ayuda? lo que me harás después de robar será una ayuda, me librarás de este dolor.

–     ¿Robar? ¿Dolor?  No sé qué es lo que dices, ¿Necesitas algo?

–     Qué más da, necesito una inyección pero estoy tan agotado que no puedo llegar a ella.

–     ¿Dónde está?

–     En este cuarto, en el cajón de arriba.

 

Fue a la cajonera y dentro del cajón encontró las inyecciones, le mostró una y este con un movimiento de cabeza le indicó que era la correcta, él mismo se la aplicó en el muslo al extraño visitante quien al instante pareció recobrar la salud.

Se preguntaba como ninguno de los dueños de la casa había reparado en aquellos ruidos, “La gente mayor” pensó.

 

–     Necesitas ir a un hospital.

–     Sí, pero no se conducir y no hay nadie en diez kilómetros para pedirle ayuda, estoy aquí solo, con un ladrón.

–     ¡No soy un ladrón!

–     Como quieras.

–     Ven yo te llevaré, así aprovecho a pedir que vengan por mi auto que se averió anoche.

Le ayudó a incorporarse y bajaron las escaleras rumbo a la puerta. En la sala colgaba una pintura de los dos viejecitos que le habían ayudado anoche.

 

–     Ellos…

–     Son mis padres, murieron hace años, se fueron tristes por mi enfermedad, por no poder ayudarme, lo bueno es que hoy estas aquí aunque dices que no eres un ladrón, al menos me salvaste la vida.

 

En medio de la confusión que le provocaba escuchar aquello, alcanzó a decir:

 

–     Me quedé varado anoche por la lluvia, mi auto se descompuso aquí cerca, junto a la carretera.

–     ¿Lluvia? Hace años que no llueve por aquí y tampoco hay carretera.